The spiral starcaise

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En 1945 se estrenó La escalera de caracol, dirigida por Robert Siodmak y basada en una novela de Ethel Lina White, titulada Some Must Watch. Fue interpretada por Dorothy McGuire, George Brent, Kent Smith y Ethel Barrymore, entre otros.

Una chica muda -a causa de un trauma en su infancia- trabaja cuidando a una anciana viuda que vive postergada en su cama. En el pueblo se han cometido varios asesinatos a víctimas que padecen algún problema físico. Todos temen que la joven criada pueda ser otra de las víctimas. En la casa también vive el hijastro de la anciana, y al lugar regresa el hijo de ésta. Tal como parecían dictar los malos augurios, el asesino en serie decide cobrarse la vida de la joven.

La escalera de caracol es un film con una magnífica y efectista fotografía en blanco y negro, plagado de suspense hasta el final. Es una de las grandes obras del cine negro. Dorothy McGuire efectúa una gran interpretación, y Ethel Barrymore obtendría un Oscar al año siguiente.

En los años setenta se filmó un remake, dirigido por Peter Collins e interpretado por Jacqueline Bisset.

Muy digno de ver.

¿Cuánto cabe bajo la alfombra?

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Leo en la prensa que está en marcha un sistema que será “una de las soluciones que ha de ayudar a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero“, y pienso: ¡Mira qué bien, ya era hora! Leo ávido y me entero de que, en síntesis, se trata de recoger el CO2 -que normalmente iría a parar a la atmósfera- y confinarlo indefinidamente en pozos petrolíferos agotados, y por tanto vacíos. Las empresas petrolíferas serán las que gestionarán el sistema, patrocinado por un país del norte de Europa.

Me voy al diccionario a mirar dos palabras: reducir y almacenar.

Reducir, según la RAE: disminuir o aminorar.

Almacenar: poner o guardar en almacén.

Busco almacén. Es un local que forma parte de la actividad del comercio; es decir, que lo que se guarda en él tiene entrada y salida. Por contra, un lugar donde algo entra y ya nunca más sale es una tumba, por poner un ejemplo. Salvo que un corrimiento haga afluir su contenido, cosa también posible.

Vuelvo a la noticia. La leo y la releo y no se dice que este CO2 estancado se pueda reciclar de algún modo, dándole una utilidad realmente sostenible. ¿Podrá consumirse como fuente energética -o de algún otro modo- en el futuro? No consta en la noticia, lo cual la empobrece. Visto tal cual aparece, da la impresión de que la función del montaje sea embotellar sine die este gas nefasto para seguir produciéndolo a destajo, delegando la solución en las generaciones futuras. Algo parecido a enterrar barriles de uranio radioactivo; o a barrer y dejar el polvo bajo la alfombra.

Lastima, porque la noticia prometía..

Inexorablemente transcurre.

Me había propuesto no hacer un listado de estragos del pasado año ni una relación de deseos para el que entra. Creo que el tiempo es una convención humana; que el sol siempre sale igual, ya fuera anteayer o pasado mañana, y que a la buenaventura o a la tragedia les da lo mismo que una noche nos hayamos atiborrado de uvas para cambiar de calendario. Aun así, no puedo evitar poner los ojos en el futuro. Mi lista de objetivos es modesta, muy normalita: leer más, hacer más yoga, escuchar más música, ver más cine, escribir más; rogar por volver a mis paseos, acercarme a la playa cuando toque… En fin, cosas de proximidad. Por si acaso.

The ABC murders

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Agatha Christie publicó en 1936 la novela que llevó por título The ABC murders . Fue la treceava entrega de la serie Poirot, y a esta aún le seguiría casi una treintena de novelas protagonizadas por el famoso detective belga. En España se publicó como El misterio de la guía de ferrocarriles.

En 1963 dio lugar a la película de tono cómico The alphabet murders, que aquí se estrenó bajo el titulo Detective con rubia. En 1999 se llevaría a la pequeña dentro de la serie protagonizada por David Suchet, con un episodio titulado The alphabet murders.

Alex Gabasi dirigió la serie de 2018, homónima de la novela de Christie, con un guión adaptado por Sarah Phelps. Consta de tres capítulos protagonizados, entre otros, por John Malkovich, Rupert Grin y Eamon Farren.

Poirot recibe una serie de cartas mecanografiadas donde un perturbado le anuncia que va a iniciar una carrera de asesinatos en poblaciones que, por orden alfabético, coincidirán en su inicial con las del nombre y apellido de cada una de sus víctimas. Pronto se verá que todas las muertes están de algún modo relacionadas con el pasado de Poirot. Llegando al final se detendrá al autor de las muertes, pero la trama aún nos deparará una definitiva resolución del misterio.

Agatha Christie ambienta su novela en 1935, a mitad de la exitosa carrera detectivesca del sagaz Poirot. La serie que hoy traigo se ambienta un par de años antes, en un ambiente xenófobo que perjudica a un Poirot anciano y en declive, sin el glamour del protagonista de las novelas ni, tampoco, su histrionismo. Poirot es más humano, la ambientación es excelente y la fotografía -magnífica- casi deprime. Malkovich interpreta a la perfección a este detective en horas bajas, y Grin -al que recuerdo de la serie Harry Potter- da vida al policía que empieza desdeñando al detective.

Una serie digna de ver, de no mucho más metraje que un filme convencional.

En lectura: Herencias colaterales.

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Acabé el pasado decenio con la última novela de Cercas, y doy inicio al 2021 con Herencias colaterales, de Llort. A ver qué da de sí.

The Frankenstein Chronicles

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The Frankenstein Chronicles es una serie estrenada en 2015 por el canal británico ITV Encore. Fue creada por Benjamin Ross y Barry Langford, y protagonizada en sus papeles principales por Sean Bean, Tom Ward, Richie Campbell, Ed Stoppard y Laurence Fox, entre muchos otros. La serie consta -hasta este momento- de dos temporadas con un total de doce episodios.

Un miembro de la policía fluvial participa en una redada y, casualmente, descubre el cuerpo de una criatura ahogada en el río. En un examen más a fondo se observa que este cuerpo está conformado, en realidad, por órganos procedentes de un buen número de cadáveres. La investigación lleva a este policía y a su compañero a ponerse tras las huellas de una trama de traficantes de cadáveres, que los desentierran para venderlos a cirujanos que los precisan para sus prácticas. Pero, en este caso, se sospecha que los críos han sido asesinados.

El serie arranca en 1827 y, si bien se inicia como una trama policiaco-detectivesca, bebe de la novela de 1918 de Marie Shelley Frankenstein, o el moderno Prometeo. A partir de ella se orquesta toda la trama, de una forma mucho más patente en la segunda temporada. Se hace aparecer a la propia Shelley y a su hermano; y a personajes históricos reales, como Robert Peel -primero ministro británico de la época-, que sería el promotor de la Policía Metropolitana de Londres (más conocida como Scotland Yard) y de las leyes sobre inhumaciones de cadáveres.

La serie refleja el ambiente de la época, con el marcado contraste existente entre los pudientes y las depauperadas clases obreras. La fotografía envuelve de tenebrismo no ya la historia del monstruo, sino cómo se vivía en el Londres de aquel momento. También se ilustra el paso desde un sistema de policías armados que basaban sus pesquisas en la confesión del culpable, a una policía sin armas que buscaba las pruebas del delito.

Una serie muy digna de ver, tanto para quienes gustan de las series policiacas como para aquellos que gustan de lo paranormal. Nada relacionado -eso sí- con la famosa película de 1931, con Boris Kaloff, la cual tenía poco que ver con la novela de Shelley.

Ocho sentencias de muerte.

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Amazon.com: Kind Hearts And Coronets: Dennis Price, Valerie Hobson, Joan  Greenwood, Robert Hamer

En 1949 se estrenó el film británico Kind Hearts and Coronets, aparecido en castellano como Ocho sentencias de muerte. Fue dirigido por Robert Hammer, que a su vez adaptó la novela Israel Rank: The Autobiography of a Criminal que Roy Horniman publicó en 1907. En sus papeles principales aparecen Dennin Price, Joan Greenood y Alec Guinness.

Israel Rank: The Autobiography of a Criminal (1907): Horniman, Roy:  9781499176810: Amazon.com: Books

Un lord británico, en su última noche antes de ser ahorcado por asesinato, escribe sus memorias. En ellas relata el modo en que, procediendo de una madre aristócrata repudiada por su familia a causa haber contraído un matrimonio inconveniente, llegó a ascender al escala hasta llegar a heredar -contra todo pronóstico- el título nobiliario de la familia. Y todo por el procedimiento de ir eliminando, uno a uno, a cuantos le antecedían en la línea de sucesión: un total de ocho persona.

Kind Hearts and Coronets • New Zealand International Film Festival

Ocho sentencias de muerte es reflejo del particular sentido del humor británico. La película no deja de mezclar situaciones de la mayor seriedad -incluso trágicas- con otras hilarantes. Guinness llegó a dar vida a los ocho personajes a los que el protagonista da muerte, de forma directa o indirecta.

Distintos momentos de la película Ocho

La escena inicial, con el verdugo que llega a la prisión, me ha recordado a la película de Berlanga; solo que el personaje encargado de aplicar la máxima pena está revestido -en Ocho sentencias de muerte– de un cierto empaque, muy alejado del aspecto del verdugo español. La escena final a las puertas del presidio es un resumen del despropósito global y -como no, en esta época- está cargada de mensaje: quien la hace la paga, por uno u otro medio.

Un film para una agradable tarde, muy digno de ver.

Una abertura a lo imposible.

Mi octogenario amigo Alejandro recuerda uno de sus viajes y me da cuatro pinceladas por teléfono, medio que nos mantiene al uno al corriente del otro en tanto el panorama vírico no acaba de aclararse.

-Estuve de visita por las casas del poeta Neruda –me dice, y enseguida precisa que sólo llegó a entrar en dos de ellas: la de Isla Negra y la de Santiago-. Me hinché a subir y bajar calles, Valparaíso arriba, Valparaíso abajo. Pero, torpe de mí, no fui capaz de dar con la tercera. Es como si te dijera que estuve en Madrid y no pude encontrar el Prado. Pero créeme, así sucedió, y a mis años ya no me veo repitiendo el intento. Ya no sería capaz de estarme otras trece horas en la cabina de un avión, hecho un cuatro .

En esto de hacer planes de futuro, reflexiono que a los veinte años prevés que tienes al menos tres cuartos de la vida por delante, y que puedes posponerlo todo. A los cuarenta te dices que debe restarte el cincuenta por ciento de la existencia útil; o más, si descuentas del porcentaje los diez o doce primeros años de la existencia. A los sesenta empieza el pánico. Y de ahí en adelante ya no te atreves a echar cuentas: ni para ti ni para nadie.

-Don Pablo articulaba sus casas de una forma curiosa –continúa mi amigo, y yo olvido mis cálculos inútiles-. Él separaba claramente tres espacios: el de la vida familiar, el de reunirse con la gente y el del trabajo.

En Isla negra –me dice- tenía un escritorio desde el que solo tenía que levantar la cabeza para contemplar, a través de un ventanuco, el Pacífico que se estrella sobre las rocas de delante de la casa. Allí trabajaba en su poesía, y quizás también en su profesión: la de diplomático.

-La vista era bella, en parte porque apenas enmarcaba la inmensidad del oleaje del mar y poco más, sin casi interferencias externas ni sombras en los rebordes –me explica-. Tal como a mí me gustaría verlo todo: justo lo auténtico, siempre lo bello; y nada más.

Creo que, ni aún con otros ochenta años más de vida, lograría mi amigo alcanzar su anhelo. Y me pesa.

John Le Carré: La casa Rusia.

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El especialmente luctuoso 2020 se ha llevado también a dos personajes importantes de la literatura y la interpretación: John Le Carré publicó La casa Rusia en 1989 y Connery la interpretó al año siguiente. Como novela, fue la antepenúltima de la saga Smiley -contando la “póstuma” de 2017-, y se desarrolla en un momento en el que la URSS ya ha colapsado, el muro de Berlín había caído, a Boris Yelsin le faltaba un año para ser presidente de Rusia, y el Estado soviético de desmembraría en menos de dos años.

La casa Rusia fue dirigida por Fred Schepisi y la interpretaron, en sus papeles principales, Sean Connery, Michelle Pfeifer, Roy Scheider, James Fox y Klaus Maria Brandauer. Tom Stoppar escribió el guion y la banda sonora corrió a cargo de Jerry Golsdmith.

Un científico soviético ha conocido a un editor británico en una reunión informal celebrada en Rusia meses atrás. A través de una mujer rus que trabaja en un editorial de Moscú trata de ponerse en contacto con el inglés, para facilitarle un manuscrito con importantes secretos que pueden afectar a la carrera armamentista del momento. El manuscrito va a parar a las manos de los servicios secretos británicos, que lo comparten con los estadounidenses. Juntos hacen que el editor británico se traslade a Rusia, entre en contacto con la mujer que hace de intermediaria, y trate de llegar hasta el científico.

Una película digna de ver, que ofrece un episodio de la más o menos reciente historia mundial.

John Le Carré: El jardinero fiel.

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The constant gardener es la séptima novela de Le Carré después de haber puesto un punto y final -provisional- a la saga Smiley en 1990 con El peregrino secreto. Es, a su vez, la quinta publicación después de la caída del muro de Berlín, tras El inflitrado, Nuestro juego, El sastre de Panamá y Single & single. Publicada en 2001, se basa en unos hechos reales al parecer sucedidos en Nigeria y está catalogada como una de las siete novelas imprescindibles del autor, junto a El topo, El espía que surgió del frio, El sastre de Panamá, La casa Rusia, La chica del tambor y Un hombre decente. Clasificaciones, no obstante, las hay para todos los gustos.

En 2005 se estrenó el film homónimo, dirigido por Fernando Meirelles y protagonizado en sus papeles principales por Ralph Fiennes y Rachel Weisz.

Un diplomático británico es trasladado a África, a donde llega con su reciente esposa, una activista por los derechos humanos y contra la explotación. En una de sus investigaciones es asesinada y el marido descubre que ella estaba tras las actividades de una empresa farmacéutica que ensaya medicamentos en niños africanos -a modo de conejillos de indias- y que no duda en hacerlos desaparecer para ocultar sus fracasos.

El Jardinero fiel es una película denuncia que, en los tiempos que corren, no deja de ser inquietante. Un film digno de ver.