13 mandamientos.

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Se me hace que los thrillers europeos son netamente diferentes de los norteamericanos, todo y que ya llevamos unos cuantos remaques estadounidenses de películas de éxito que se estrenaron en Europa: para muestra, la saga Milenium. Desde que estamos en este estado intermitente de alarma he podido visionar un buen número de ejemplos de series nort-europeas, la mayoría del denominado noir escandinavo o nordic noir, y también francesas y británicas. Hoy traigo 13 mandamientos.

13 geboden es una serie belga de 2018, rodada en neerlandés (antiguamente denominado flamenco), dirigida por Maarten Moerkerke con guión de Rita Bossaer, Dirk Nienlandt y Lieven Scheerlink. Está protagonizada en sus papeles principales por Dirk Van Dijck y Marie Vinck. Cuenta con trece capítulos de menos de una hora cada uno de ellos.

En Aalst, una ciudad de Flandes, empiezan a producirse una serie de graves agresiones que, si no culminan con la muerte de la víctima, es porque el autor pone especial cuidado en que el resultado fatal no se produzca: una persona es quemada y apagada antes de morir, a otra le corta la lengua, a otra le tatúa un letrero en la frente, y así sucesivamente. Junto a cada una de las víctimas se van reproduciendo en orden los diez mandamientos de la fe cristiana, cuya presunta vulneración ha motivado el ataque.

El caso es encomendado a un policía próximo a la jubilación (divorciado y padre de una hija con problemas de adicción) y a su nueva compañera (una joven que ha tenido que dejar una unidad de intervención a causa de un accidente de tráfico, que mantiene sumida en coma profundo a su propia madre).

La serie se desarrolla en invierno, como no puede ser menos en una producción de esas latitudes, lo que aún la hace más extremadamente oscura. Cuando escribo estas líneas estoy a la mitad de los capítulos, y la serie promete. La recomiendo, sin duda.

Chorizos 5J

El Reino (2018) - Filmaffinity

-Dime: ¿a ti por qué te gustan las novelas criminales?

La pregunta me la hace mi amigo Lisardo. Sepan que, además de ser un cocinero bastante apañado –no diré un chef, pero sí apañado-, Lisardo ha leído mucho. ¿Qué otra cosa me quedaba que hacer cuando estuve embarcado, entre turno y turno en la cocina?, me ha recitado en bastantes ocasiones. El caso es que ha leído de todo y me confiesa que –entre cuanto hay escrito- sus favoritos eran y son las novelas de aventuras y, a continuación, algunos autores sudamericanos: los que él denomina mágico-trascendentales. Así los llama y les confieso no haber oído esa expresión en boca de nadie, con anterioridad. Autores como García Márquez, Laura Esquivel o Isabel Allende.

Pero volvamos a su pregunta.

-La novela criminal es, por regla general, un relato de muertes –le digo-. De cuanto puede hacer una persona, nada hay más al límite que quitarle la vida a alguien. Y si las muertes son múltiples, o si devienen genocidios, estamos ante el mayor de los delitos y de los pecados.

-¿Por eso te gustan las novelas criminales? –vuelve a la carga-. ¿Porque se mata a la gente?

Por supuesto que no; si así fuera, lo que en realidad me iría sería el género gore.

-En la novela criminal, lo importante es que siempre hay alguien que, de un modo u otro, trata de resolver el crimen. Si matar no fuera éticamente reprobable, la novela criminal no existiría.

-Pero hay novelas criminales sin muertos. También novelas en las que no se resuelve el delito cometido. Y otras acaban rematadamente mal, hasta te dejan mal cuerpo.

-Claro que sí –reconozco-. Pero la idea de lo reprobable subyace, ya sea respecto al asesinato o a otros crímenes.

Llegado a este punto me detengo, porque me viene a la mente una de esas películas que tanto me han gustado en los últimos años: El reino. Recuerdo las vicisitudes del protagonista, que ve cómo se pone su vida en peligro. Y vuelvo a ver la escena final, donde la periodista que le entrevista –cuando decide tirar de la manta- le recuerda que él no es un héroe, que en realidad es un chorizo tan chorizo como los que han intentado acabar con él.

En realidad, la película es un toque de atención: esa mujer de ficción se plantea recordárnoslo a los espectadores, no sea que alguno nos despistemos. Que hay que huir -como del diablo- de justificar o de mitificar a chorizos. Sean quienes sean. No vaya a ser que los normalicemos y hasta les levantemos pedestales.

Reír las gracias.

-No es lo mismo reír con las gracias de alguien que reírle las gracias a alguien. De una risa a otra hay una buena distancia: la que existe entre el reconocimiento espontaneo y la sumisión obligada. Cuando alguien es gracioso, buscas su compañía con regocijo. Cuando no lo es, pero celebras su inexistente genialidad, lo haces o por interés o por obligación.

Estoy de acuerdo con lo que me dice mi amigo Alejandro y pego el oído para captar la aventura con la que me ha de deleitar hoy. Seguidamente me habla de un cuñado al que se veía obligado a adular por satisfacer a su esposa; o de un jefe que tuvo, a quien no sólo había que responder amén en sus desvaríos, sino que debía celebrarlos como genialidades.

-Pero ese tiempo pasó. Me jubilé y me libré de reírle las gracias al jefe. Y enviudé y me redimí del cuñado. Pero no es de ellos de quienes te vengo a hablar.

Ya lo supongo, pienso. Y mientras él cavila por dónde empezar, yo no dejo de reconocer que más de una y de dos veces -incluso de tres o cuatro- me he visto forzado a alguna que otra celebración hipócrita, por quedar bien o por obtener beneficio. ¿Pero quién está libre de culpa?, pienso.

-Hace poco –prosigue Alejandro- me ha retirado el saludo una mujer dada a dejar caer sentencias y gracias sin ton ni son. Es largo explicarte por qué me ha borrado de su lista, pero te lo resumiré diciendo que me permití corregir uno de sus desvaríos; todo y que de una forma suave, ya me conoces. El caso es que me ha liquidado de su círculo. No es que me importe mucho: a estas alturas, muy pocas cosas me afectan. Pero me ha dado que pensar.

Alejandro se toma otro respiro y yo trato de imaginar a quién se estará refiriendo. Pero no le conozco amistades más allá de los cuatro saludos que prodiga en nuestro lugar de encuentro.

-No quiero hablarte de la motivación del que ríe, cosa que daría para una infinidad de tratados, sino de quien te obliga a reírle las gracias y te arrincona si no lo haces. De camarillas se han documentado muchas en la historia, y también de líderes populistas que no sabían hacer la o con un canuto. Me encantaría conocer por qué mecanismo llegaron esos individuos a sentirse un pozo de sabiduría, a creerse el ombligo del mundo. ¿Qué sienten cuando te eliminan, despechados de que no les pelotees? Me pregunto hasta dónde serían capaces de llegar, si se vieran impunes.

Creo que también hay casos documentados al respecto. Tal vez debería ponerme a revisar a cuantos me borraron de su entorno y preparar un plan de autoprotección; pero -como dice Alejandro-, prefiero reírme, esta vez no de las gracias de nadie.

Midas

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Este fin de semana he acabado con la serie Los favoritos de Midas, de la cual ya hablé días atrás por aquí. La historia se ambienta en el devenir de una revuelta mundial que yo he identificado con el malogrado movimiento 15-M o las primaveras que sacudieron a unos cuantos países árabes, o con alguna insurrección del cono sur de América.

Hay unos minutos iniciales –cuando la periodista está escribiendo su última crónica y es sorprendida por los policías, a punto de darle al publicar de la pantalla del ordenador que hará saltar la verdad- que se repiten al final del último capítulo. Lo que uno no se espera en el devenir de la trama es lo que acontecerá a esa mujer y al protagonista, incluso al policía que dirige la investigación. Y, sin embargo, ¿qué otra cosa nos podríamos esperar? De finales felices están llenas las bibliotecas y filmotecas, pero los finales realistas son más escasos. Al final te queda no sé si un gratificante sabor amargo (por descarnado) o un decepcionante regusto antiidealista y conformista.  Sea como sea, me ratifico en que estamos ante una serie digna de ver, con dos actores que se emplean a fondo para conseguir transmitir ese sentimiento de fatalidad e injusticia. Tal como la vida misma.

Rebecca

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Daphne du Maurier fue una escritora inglesa que en 1938 publicó su novela Rebecca, la cual adaptó dos años después como obra de teatro. Hitchcok la convirtió en película en 1940, y obtuvo dos óscars al año siguiente. Fue protagonizada en sus papeles principales por Laurence Olivier, Judith Anderson. Joan Fontaine y George Sanders.

Rebecca es una historia de amor almibarado entre personajes de clase alta, pero no deja de ser también la historia de un crimen y su esclarecimiento. Una joven que ejerce de dama de compañía de una mujer mayor y acaudalada coindice en Montecarlo con un aristócrata viudo. De la amistad pasan al amor, se casan y van a vivir a la mansión nobiliario, regida con mano de hierro por un ama de llaves que no hace otra cosa que ensalzar a la anterior esposa del aristócrata, de nombre Rebecca. Esta desapareció en su barco y el esposo identificó el cadáver, arrastrado por la corriente meses después.

Pero la fatalidad quiere que durante una tormenta el barco sea descubierto y, dentro, se encuentre el auténtico cadáver de la desaparecida. Las sospechas de su asesinato planean sobre el viudo, que deberá defender su inocencia y contrarrestar el chantaje que le hace el amante de su difunta esposa.

En 2020 se estrena una nueva versión cinematográfica, calcada a la anterior e igualmente fiel a al novela de Du Maurier, solo que con un importante matiz diferenciador en el modo en que Rebeca murió. Ha sido dirigida por Ben Wheatley  y está protagonizada por Lily James y Armie Hammer.

Una película digna de ver, tanto en la versión primigenia de Hitchcock como en la actual.

Los favoritos de Midas.

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Jack London fue un escritor norteamericano, a caballo entre los siglos XIX y XX, que a lo largo de su agitada vida combinó diversas actividades: marinero, empleado en una fábrica, vagabundo, buscador de oro, ranchero… Entre 1902 y 1915 escribió veinticinco novelas. Fruto de sus andanzas fue la ambientación de alguna de ellas, entre las que destaca Colmillo blanco. Entre sus numerosísimos cuentos y relatos figura The minions of Midas, de 1901.

Los favoritos de Midas adapta la idea del relato de London y la transforma en miniserie de seis capítulos, dirigida por Mateo Gil, Miguel Barros y Oskar Santos. Está interpretada en su papeles principales por Luis Tosar y Guillermo Toledo.

El país está en plena ebullición de manifestaciones y disturbios. En este clima, una periodista ofrece al director de un periódico una información que pone al descubierto la financiación que un banco hace al tráfico de armas internacional, la cual ha supuesto miles y miles de pérdidas en vidas. Ese banco es -casualmente- el primer financiador del periódico. Sin embrago, el director de la publicación resuelve sacar adelante la noticia.

Al tiempo, una organización que se hace llamar Los favoritos de Midas chantajea a ese mismo director, requiriéndole que entregue cincuenta millones o -si se niega- matará periódicamente a un apersona elegida al azar. Las muertes empiezan a sucederse y la policía interviene.

La serie -cuando escribo estas líneas solo he visto poco más de la mitad- engrana magistralmente las tres tramas: los disturbios nacionales, la crisis por la publicación y el chantaje. El periodista está magistralmente interpretado por Luís Tosar, y Willy Toledo sorprende cuando recrea a la perfección a un policía que vive uno de los peores casos que le han tocado (con todo, la serie tal vez adolece de una insuficiente ambientación del mundo policial, para mi gusto).

Una serie prometedora y digna de ver. A ver a dónde nos conduce la trama.

Headhunters

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El escritor sueco -y cantante- Jo Nesbo publicó Hodejegerne en 2008 (Headhunters en inglés), fuera de las series del inspector Harry Holmer o del doctor Proktor, o de la serie Olav Johansen. En 2011 fue llevada a la gran pantalla, dirigida por Morten Tyldum y protagonizada por Aksel Hennie y Nicolaj Koster-Waldau, en sus papeles principales.

Un headhunter es un cazador de cabezas o -con mas propiedad- un cazador de talentos. El protagonista del film vive de seleccionar personas de talento que recoloca a buen precio en importantísimas empresas del panorama económico sueco. Sin embargo no es esa su única actividad. Para sufragar su alto tren de vida se dedica a robar obras de arte, que coloca en el mercado clandestino a través de un amigo que a su vez es agente de una compañía de seguridad privada. Al tiempo, la esposa del protagonista regenta una galería de arte.

En una exposición en la galería de su cónyuge, el protagonista conoce a un antiguo amigo de su esposa, el cual busca colocación como directivo. Le entrevista y se entera de que el hombre es propietario de una importante obra de arte que -como no- tratará de robar. Y a partir de aquí se genera el conflicto, que deviene en una delirante y truculenta lucha por la supervivencia, regada de muertes.

Headhunters es una película del noir nórdico, con una trama elaborada sin apenas fisuras, que denota que tras ella hay una novela.

Muy digna de ver.

Red riding.

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Peter William Sutcliffe fue un asesino en serie que entre 1970 y 1980 mató a trece mujeres en Yorkshire. Su macabra forma de cometer los crímenes le valió el sobrenombre de El destripador de Yorkshire. El escritor inglés David Peace se inspiró en él para escribir las novelas que componen la serie que ahora nos ocupa. Las novelas –negrísimas- tienen los títulos de 1974, 1977, 1980 y 1983.

A finales de la década de 2010 fueron llevadas al cine como una trilogía que recoge los títulos de tres de los libros. La autoría de los films corresponde a diferentes directores, y sus protagonistas varían de una a otra, si bien repiten determinados personajes secundarios. Fue estrenada en televisión como miniserie.

Red ridding 1974 fue dirigida por Julian Jarrold y estuvo protagonizada por Andrew Russell Garfield, Sean Bean y Sean Harris. Se inicia con la investigación de una serie de asesinatos de niñas. Un periodista novato e íntegro se interesa por el caso, especialmente cuando el compañero que llevaba la investigación muere en un accidente de tráfico. Al tiempo arde un campamento de gitanos que ocupa una propiedad donde se ha de construir un completo industrial. El periodista va desentrelazando una trama sórdida y compleja de intereses económicos y corrupción política y policial.

El capítulo –y toda la serie- está magníficamente ambientado en la época. No faltan los detalles de las viviendas de la época, la vestimenta –con las camisas ajustadas y los pantalones de elefante- y los peinados, los vehículos; en fin: todo. Tampoco falla la ambientación sórdida de la Inglaterra industrial depauperada de la época Thatcher.

Un film negro de verdad, muy digno de ver.

Noir argentino.

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Florencia Etcheves es una periodista argentina vinculada a la televisión, donde se granjeó fama de persona comprometida con los derechos de las mujeres. Participó en la investigación periodística de varios casos de desapriciones. Como novelista es autora de una saga formada por tres títulos: La virgen de tus ojos, La hija del campeón y, por último, Cornelia.

Alejandro Montiel dirigió la adaptación de Cornelia, que fue estrenada en 2018 con el título Perdida. Sus protagonistas principales fueron Luisana Lopilao y Amaia Salamanca.

Una detective de la policía argentina se involucra en extremo en sus investigaciones, cuando estas vienen referidas a la desaprición de menores. Años atrás, cuando era adolescente, un grupo de amigas se desplazaron a la Patagonia a pasar unos días.

Una de las amigas de la policía desapareció sin que se encontrara rastro de ella. Se especuló que podría haber sido devorada por un jaguar. Cada año han venido celebrando un oficio religiosos en su recuerdo. Este año, la aparición de una fotografía hace sospechar a la protagonista que la chica pudiera haber tenido un final muy diferente.

Perdida retrata una historia de investigación, prostitución y corrupción que la convierten en un film muy digno de ver. La trama está bien urdida y perfectamente conseguida, y aunque tal vez su adaptación cinematográfica podría haber sido aún mejor, la película delata que existe una novela tras ella.

En 2020, Alejandro Montiel dirigió una precuela de Perdida. Se basó en la novela La virgen de tus ojos y fue titulada La Corazonada. Nuevamente la interpretó Luisana Lopilato, y Joaquín Furriel recreó el papel del policía Juánez, protagonista de la trilogía escrita por Florencia Etcheves.

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Un policía controvertido (Francisco Juánez), cuya esposa ha fallecido por el disparo de un asaltante que quedó en libertad, ha de investigar el asesinato de una chica tras una fiesta. Una joven policía se estrenará como investigadora en este caso. Paralelamente, el joven que mató a la esposa del policía es atropellado intencionadamente y el fiscal pide a la mujer policía que vigile a Juánez, ya que sospecha de él.

Nuevamente estamos ante una trama que se va enredando y que mantiene atento al espectador. Otro film digno de ver. Seguiremos atentos, por si aparece una próxima entrega de la trilogía.

Elegir.

Rotulo o lampara de barbería peluquería antiguo - Vendido en Venta Directa  - 26220014

Hablar más que un sacamuelas es una expresión a la que se recurre para decir que alguien pose una verborrea desbordante que hastía, especialmente cuando alguien habla de todo y de todos en cantidad y sin calidad. He buscado de dónde viene el dicho. Un sacamuelas era el antecesor de un moderno dentista del seguro: la persona que te quita esa muela que te aflige. Se anunciaba a voces en los mercadillos loando su habilidad para realizar una extracción indolora; de ahí la referencia a la elocuencia, no siempre cargada de verdad.

Los barberos también compaginaron, por siglos, el recorte de barbas y cabellos con la profesión de sacamuelas y ciertas cirugías menores. Más para acá, en las peluquerías se hablaba mucho y de todo, por lo que parece que nuevamente podría adquirir sentido la frase hecha.

¿A qué viene este entrante que acabo de dejarles? A que esta mañana, después de hacer ciertas gestiones, me he desplazado con la idea de recobrar un viejo hábito abandonado hace ya ocho meses: tomarme un café en un antiguo bar y -enfrente- visitar a mi barbero, como hacía una vez al mes. Y ello me ha hecho padecer primero un disgusto y después un desencanto. Pero antes de narrarlos, permítanme hablarles de mi barbero.

El hombre es un peluquero de los de antaño; un andaluz con edad para jubilarse hace años, pero que ha seguido al pie del cañón como muchos otros autónomos (otro día hablaré de los autónomos). Es un barbero de viejo que -como modernidad- atiende a horas concertadas; aunque lo suficientemente espaciadas como para que algunos privilegiados nos presentemos allá sin dar el fastidioso aviso y nos arregle entre el cliente que acaba de salir y el que aún no ha llegado. No siempre lo hace -hago aquí un inciso aclaratorio-: sólo nos reserva este favor a los que precisamos de poca mano de obra, debido a lo menguado de nuestras existencias capilares.

¿Es este hombre un parlanchín? No lo sé, sinceramente: yo soy de los que fabulo mucho pero doy poca conversación. Sospecho que el sistema de horas concertadas habrá hecho mermar la función de club social y espacio de debate de las peluquerías -al menos en las de caballeros-. Por otra parte, uno de los placeres de este establecimiento es que siempre tenía conectado un televisor con una programación invariable: los reportajes de La Dos de Televisión Española. Lo que -además de suponer un ahorro en revistas y en conversación- ya da una idea de su talante. En resumidas cuentas: era un local donde alguien como yo se encontraba realmente a gusto.

Pues bien, al acercarme a la peluquería he visto la persiana bajada y un letrero escrito a mano donde se anuncia su venta o alquiler. De aquí deriva el disgusto del día.

Confieso que me he quedado un par de minutos clavado ante la puerta metálica. Primero me he cerciorado -tontamente- de no haber errado con el establecimiento: son ya muchas las veces de cortarme el cabello en casa. Solventada la cuestión, cruzo al bar ya mencionado y se produce el desencanto. El dueño me reconoce, me pone el café en un vaso de cartón sobre un mostrador que ha improvisado en la misma puerta, y me avía con este mínimo servicio. Estamos él y yo solos y me atrevo a preguntarle qué ha sido de mi peluquero.

-Le ha pasado lo que nos ha de ocurrir a todos: lo que no han podido los años, lo ha podido el puto bicho -me ha dicho.

-¿Ha cerrado por el covid?

Así es -ha continuado-. Se ve que el hombre sólo tenía tenía tres pasiones: su peluquería de toda la vida, sus reportajes de la tele, y sus nietos; pero ahí -me ha señalado el local huérfano- entraba mucha gente, y se ha visto obligado a elegir en conciencia. Así que ha echado la persiana abajo, con todo el dolor de su corazón.

– Ahora ya solo le queda hacer de viejo -dice el cafetero, desolado.

Ciertamente, este asunto está dando al traste con más cosas de las que uno se piensa.