Invisibles

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El que dijo que no son los años los que pesan, sino los kilos, era un imbécil, pensó tras apartarse la fastidiosa mascarilla y coronar los tres tramos de vetustos escalones que lo encumbraron a su rellano, con la compra a cuestas. Un imbécil de solemnidad –recalcó para sus adentros–. Porque a mí no me vencen mis escuálidos sesenta y seis kilos, sino los ochenta años de antigüedad que acarreo.

Cuando se vino a este barrio estaba bastante más hecho. Entonces su peso rondaba los setenta y tantos, y aunque la escalera es la misma, peldaño a peldaño, la fatiga de ahora al subirla es bien diferente. De eso ya hace casi medio siglo –calculó–. Así que no me jodan con que son los kilos, se dijo mientras descansaba la carga y recobraba el resuello. Sacudió la mano para recuperar la circulación de la sangre, estrangulada por las asas del cesto, y rebuscó las llaves entre sus bolsillos.

–Entré a vivir aquí de segundas nupcias. Lo de segundas es un decir –aclara al inspector de policía que mantiene ante su puerta, sin invitarle a pasar–. Franco aún vivía y yo me había apartado a las bravas de mi primera señora, así que con ésta nunca llegué a casarme. Pero es mi mujer a cualquier efecto –se reafirma.

Había metido una llave en la primera de las cerraduras, la abrió y enseguida puso la otra en el segundo cierre. Tenía pocos segundos antes de que se disparase la alarma, así que se afanó con las teclas que desconectaban el artefacto chivato.

–Con tanto robo y tanto ocupa, ya ni con dos pestillos me fio –dice al policía.

El abuelo había retomado el cesto de la compra. ¡Ya estoy aquí, nena!, gritó justo antes de pasar adentro.

¡Nena!, pensó con sorna, y ajustó los cierres y reconectó la alarma, no lo fueran a sorprender. Antes sí que era una nena: una cría mucho más ligera que este capacho maldito, se dijo mientras porteaba el mandado de la compra a la cocina.

Vengo derrengado, repitió para ella, ahora más tenue. ¿Ha habido alguna novedad por aquí?, se interesó. Entonces notó que algo no andaba bien.

–La luz se nos va a menudo –dice al policía, aún varado en el descansillo–. El piso ya era antiguo cuando lo alquilamos. Si lo elegimos fue porque era de renta baja y porque quedaba al lado del taller que me había montado. ¿Se ha fijado en el bazar chino de la esquina? Pues ahí estuvo mi taller hasta que cumplí los cincuenta y cinco y tuve que echar la persiana.

Pero eso sería mucho después, porque cuando llegó las cosas iban de maravilla: empezaba una nueva vida, la faena le caía cerca y no faltaba el dinero. Entonces, los tres tramos de escalera no eran un problema.

–Al principio la corriente aún iba a ciento veinticinco. ¿Sabe a lo que me refiero? –pregunta al policía–. Enseguida la pasaron a doscientos veinte, pero sin cambiar los cables. Por eso salta, en cuanto le exiges un poco a la instalación. Estoy harto de ponerle notas al presidente de ahora para que haga algo, pero ni caso.

–¿No ha hablado con él?

–Es un chico que lleva poco en la escalera. Yo, con la gente de antes muy bien. Pero con estos de ahora, lo justo y menos.

–¿Quedan muchos vecinos de sus tiempos?

–¿En este bloque sin ascensor? –ríe el viejo–. Aquí sólo quedamos tres viviendas de las de entonces. En el primero hay un señor viudo con el que ya no me trato, y en el segundo una pareja que no sale de casa. Y yo aquí, en el tercero.

El policía escucha atento, por más que empieza a impacientarle esta conversación en la escalera.

–Y también mi señora, claro está –sigue el otro, recorriendo las desgastadas baldosas con la mirada–. Pero del cuarto para arriba todos son gente nueva, la mayoría de fuera. A los de antes, el dueño siempre está mirando de quitársenos de encima, para realquilar a  precios de ahora. Aunque conmigo se va a joder, ya se lo digo yo. Es él quien le ha hecho venir, ¿no es cierto?

Había abierto el armarito que ocultaba el contador y rearmó el diferencial. De inmediato oyó el pitido que llegaba desde la cocina, testimoniando que todo volvía a funcionar. Apenas había pasado una hora desde que salió a comprar, así que nada se habría echado a perder.

¿Desde cuánto te encargas tú de la compra?, se preguntó. Desde que todo empezó a irse al garete –se dijo.

–Mi mujer ya no está para subir y bajar –dice al inspector–. Cuando me quedé en el paro empecé a hacerle la compra y también la casa. Mientras, ella echaba su jornal en la fábrica, hasta que le dieron la larga enfermedad y luego la jubilación. Después he seguido con la costumbre, debe ser por eso que estoy más delgado que cuando nos casamos. Ella es unos pocos años más joven que yo, pero el tiempo la ha tratado peor y está delicada. Paradojas del destino: en un país de viudas, me veo sobreviviéndola a mi pesar.

 Comprobó el arcón congelador y repartió la exigua compra entre los armarios de la cocina, sabedor de que era el culpable de que los plomos saltaran tan a menudo.

–Esa escalera ya empezaba a dejarme derrotado, a veces incluso por varios días –dice al policía–. Así que nos compramos el arcón para almacenar, no fuéramos a vernos a precario de provisiones. Aún recuerdo cómo las pasaron de putas los que lo subieron, y eso que eran jóvenes. Al principio lo tuvimos medio parado, pero empecé a hacerlo servir en serio hace cuatro años.

Y todo por la maldita escalera –recalca–, que me obliga a dosificarme en las salidas.

–Con este follón de ahora creí que iba a sacarle todo el partido, pero de momento no está siendo así, por suerte.

Con poco nos apañamos mi mujer y yo, había dicho esa misma mañana a la risueña chica del súper, mientras le hacía la cuenta. ¿Quiere que le acerquemos la compra a su casa?, le brindó la muchacha, pero él declinó la oferta. De momento aún me valgo, le dijo.

A esa muchacha del súper siempre le adivina una sonrisa bajo el bozal de tela. Las cuatro palabras que intercambian una o dos veces por semana son una delicia para el viejo, por más que ella sea de un país de esos de por el sur de América.

A la que no aguanto es a la verdulera, dijo a su mujer mientras ordenaba el último tarro de garbanzos en la estantería de las conservas.

–Doña Remedios es la única que todavía mantiene abierta una tienda de las de toda la vida –explica al policía–. Pero la muy zorra te vende a precio de oro el mismo género que el paki de unas calles más allá. Como si, por solo ser ella de aquí, sus acelgas supieran mejor.

No hay derecho, le ha transmitido muchas veces a su esposa, y ha percibido su asentimiento: que hace bien, le ha contestado; que debe economizar.

–Por eso prefiero los otros colmados –dice–. Y, también, porque me jode el chismorreo. ¿Es que acaso no saben lo delicada que anda mi señora?

 Lo que al viejo le molesta es la insistencia. Que ella está mala ya lo venía  explicando desde hace tiempo, cuando de tanto en tanto le preguntaban.

–¡Pero, joder, con esto de ahora es el colmo! –se señala la mascarilla que le oculta la mitad de la cara–. Ahora, con todos saliendo al balcón a hacer gimnasia o a cantar, y a aplaudir en cuanto llega la hora, es como si te pasaran lista. Mucho interesarse, sí; pero, ¡coño, nadie se ofrece a echarme una mano en la casa! ¡Ni siquiera cuando me ven subiendo cargado como un burro! Ya lo único que me faltaba era que viniera la policía.

–Los de servicios sociales han querido hablarle desde hace tiempo, pero usted siempre les da largas.

–¡Que se vayan a tomar por culo los de servicios sociales! ¿Dónde estaban cuando tuve que cerrar el taller? ¿Qué hicieron cuando me quedé con una mano delante y otra detrás? ¡Nadie vino a ofrecerme una ayuda entonces, así que tampoco me vengan a joder ahora!

El hombre se ha puesto rojo y el policía llega a temer que le vaya a dar algo, con tanta excitación.

–Pero usted tendrá alguna prestación económica –aventura.

–Menos de lo justo, como cualquier autónomo. Por no decir que nada. Jamás pensé que me dejaría seco aquella crisis de los noventa, y que a mis años ya me sería imposible recolocarme. ¡Ya ve qué triste final para un hombre! Primero, tener que vivir del salario de mi mujer; y, después, de su pensión.

–Entenderá que el ayuntamiento se preocupe, máxime si ella está enferma. Y que también lo haga la gente.

–¡Que se preocupen de lo suyo, hostia! ¿Tan regalados viven que no tienen otra cosa que hacer que espiar a los demás? Y usted: ¿no tiene maleantes a los que perseguir, en vez de perder el tiempo aquí?

El inspector suspira y se rearma de paciencia.

–Mire, no me puedo estar aquí todo el día. Dígame, ¿va a dejarme pasar o no? –insiste–. Si es que no, éntrese y dígale a su mujer que se asome. ¿O voy a tener que venir con una orden judicial?

El viejo ha bajado cabizbajo hasta el portal, donde se han congregado algunos convecinos expectantes, y los enfrenta con ira. El inspector no le ha puesto las esposas, aunque se prepara para retenerlo si intenta embestir a alguno, por más que lo vea sin fuerzas. En lo que no pone interés es en evitar que el hombre los recrimine.

–Estaréis contentos, cabrones. ¿Tanto os aburrís encerrados en vuestras casa? –les escupe a gritos–. ¿Cómo es que no la echasteis a faltar estos últimos años, hijos de la gran puta?

 El policía sabe que no llegará a detener al viejo. Que solo le tomará declaración –eso sí– y que luego lo devolverá a su casa, sin esperar a que se descongele el cuerpo para que el forense emita su dictamen. Mañana la prensa publicará lo que quiera, pero está seguro de que el abuelo no ha cometido ningún delito grave: quizás alguna infracción administrativa o, a lo sumo, un fraude a las arcas del Estado.

–¿Usted no podría olvidarse de dar parte a la Seguridad Social? –le ruega el octogenario con un hilo de voz, cuando arranca el coche patrulla–. Sin su pensión me veré en la calle y sin nada para sobrevivir.

El inspector no responde, pero está afectado.

–De no ser por esta mierda –continúa el viejo, ajustándose la mascarilla a ras de ojos para disimular que se le están tornando llorosos–, nadie se hubiera percatado de nada.

Al menos hasta que la peste hubiera hecho sospechar al bloque entero, como él tenía previsto.

–Sólo entonces nos habrían encontrado, muertos los dos.

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Topkapi

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Topkapi (1964) - Filmaffinity

El Palacio de Topkapi fue la sede administrativa del imperio otomano entre los siglos XV y XIX, cuando fue abandonado como residencia del sultán. En la actualidad es uno de los principales museos de Estambul, que alberga el tesoro secular del antiguo Imperio: entre ello la famosa daga Topkapi, con varias gemas incrustadas.

The Light of Day by Eric Ambler

Eric Ambler publicó en 1962 la novela The light od day. Un carterista es sorprendido mientras roba a un turista en un aeropuerto turco. Pero éste, en vez de denunciarle, le exige que entre un coche cargado de armas en el país. Atrapado en la frontera, el carterista debe avenirse a informar a la policía de cuanto hagan los dueños de las armas. Con base en la novela de Ambler, el director Jules Dasin estrenó en 1964 la película Topkapi, protagonizada por Melina Mercouri, Peter Ustinov y Maximilian Schell, entre otros.

El Otro Cine · Función Especial: Topkapi

Una banda de ladrones de guante blanco planea el robo de una valiosísima joya del museo Topkapi de Estambul, fuertemente protegida por medidas electrónicas. Para ello precisan que un hombre, ajeno al grupo, introduzca en el país un vehículo cargado con un rifle y artefactos lacrimógenos. En la frontera se descubre el cargamento, que la policía turca cree estar destinado a activistas recolucionarios, por lo que el chófer es forzado a espiar a la banda.

Topkapi (1964) - Coins in Movies

El método para llegar a la joya –el puñal – es bajando a un hombre desde el techo de la sala, pero el forzudo que debe sostenerlo cae lesionado y el chófer se aviene a ocupar su puesto, traicionando a la policía del país.

Topkapi | vinnieh

En 1955 se estrenó Rififí -del propio Dasin-, en 1963 lo hizo La pantera rosa y, también en 1964, se presentó Goldfinger, la tercera entrega de la saga Bond protagonizada por Connery. Topkapi es un film rodado bajo los parámetros de la época: guerra fría, espías, bandas internacionales, robos espectaculares, etc. Se engloba dentro de la filmografía de ladrones de guante blanco y planes sofisticados. Topkapi se desenvuelve combinando en su perfecta medida el thriller con un toque exacto de comedia, que nos depara una final inesperado. No deja de llamar ala atención el recorrido por los reclamos turísticos de la ciudad de la época.

Muy digna de ver.

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Nos vemos allá arriba - Película 2017 - SensaCine.com

Pierre Lamaitre es un escritor francés, autor de once novelas. Cinco de éstas pertenecen a la serie Verhoeven. En 2013 publicó Au revoir là-haut, la cual fue llevada al cine cuatro años después, dirigida por Albert Dupontel y protagonizada, en sus papeles principales, por el propio Dupontel, Nahuel Perez Biscayart, Laurent Lafitte y Niels Arestrup.

Crítica "Nos vemos allá arriba": Sálvese quien pueda | Babelia | EL PAÍS

Faltan apenas una horas para acabarse la primera guerra mundial, pero un teniente idea el modo de que sus hombres salten de la trinchera y ataquen el enemigo. Para ello envía a dos soldados a una misión suicida de reconocimiento y él mismo les dispara a traición, consiguiendo que sus hombres ataquen con furia a los alemanes. Otros dos de sus soldados -un pintor que se ha alistado ante la incomprensión de su padre, y un contable con cierta edad- se han dado cuenta, pero uno de ellos sufre gravísimas lesiones en la cara, durante el combate. El otro le salva la vida y cuida de él en el hospital, y sigue haciéndolo cuando se han licenciado.

El cine de La 2': 'Nos vemos allá arriba', con Albert Dupontel

Es un momento de depresión. Careciendo de medios para vivir, idean el modo de estafar a todos los ayuntamientos que puedan. En su camino volverá a cruzarse el teniente, ahora convertido en industrial merced a un ventajoso matrimonio con la hermana del soldado mutilado.

Nos vemos allá arriba (Au revoir là-haut, Albert Dupontel, 2017)

Nos vemos allá arriba se inicia al estilo de Senderos de gloria y luego se desarrolla en un tono que oscila entre la tragedia y la comedia, con escenas realmente delirantes y una fotografía muy especial. Nuevamente se nota que tras el guion de la película hay una novela, nada más y nada menos que de Lamaitre.

Muy digna de ver.

Suburra.

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La suburra o subura fue un barrio depauperado de la Roma imperial, pegado al centro histórico del poder de los emperadores romano. En el vivían las clases bajas del imperio y también se configuraba como un avispero de delincuentes y de gentes de mal vivir. Para separarlo de la zona buena de la ciudad –y de paso evitar la propagación de incendios- se construyó un muro que regulaba el trasvase no deseado de personal de una zona a la otra.

Suburra · Novela negra y Policíaca · El Corte Inglés

Giancarlo de Cataldo y Marco Bonini publicaron en 2013 la novela que daría lugar a la versión cinematográfica de 2015 y a una posterior serie televisiva. Hoy me centraré en el film que dirigió Stefano Sollima y protagonizaron Pierfrancesco Favino, Elio Germano, Claudio Amendola, Alessandro Borghi y Greta Scarano, entre otros.

Película Suburra - crítica Suburra
Suburra – Stefano Sollima (2015) – Celuloide con alma

El parlamento italiano debate una ley que debería posibilitar la recalificación urbanística de una zona aledaña a Roma, donde se barajan multitud de intereses, entre ellos los de varias familias mafiosas y de la propia Iglesia. Uno de los políticos involucrados mantiene un intenso y tórrido encuentro sexual con una prostituta de altos vuelo y con una menor, en la que se mezcla el consumo de drogas. La menor muere y la forma en la que hacen desaparecer su cadáver –para evitar el descrédito del político- acaban poniendo en marcha una maquinaria implacable y descarnada donde cada cual vela por sus intereses.

Suburra: "Fratelli d'Italia, l'Italia s'è desta…" - | Revista Tviso

Suburra es una historia descarnada de violencia, de oportunismo y de corrupción a todos los niveles, donde se mezclan los intereses y las intrigas de la política con los de las familias mafiosos –ya sean tradicionales o sobrevenidas- y hasta del propio Vaticano. Una película recomendable para gente confiada y también para escépticos –como yo- que cuenta además con una fascinante banda sonora, acorde con los momentos álgidos de la trama.

Muy muy muy digna de ver.

In the Heat of the Night

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John Ball fue un novelista estadounidense que publicó veintinueve novelas entre 1958 y 1989. De estas, once estuvieron protagonizadas por Virgil Tibbs, un detective de policía afro-americano. La saga del detective Tibbs se inauguró en 1965 con la novela In the Heat of the Night. Norman Jewison dirigió la película homónima, que sería estrenada en 1967. Estuvo protagoniza por Sidney Poitier y por Rod Steiger. Contó con la música de Quincy Jones.

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En los años sesenta, en una población de la rivera del Mississippi aparece el cadáver de un promotor industrial, asesinado de un fuerte golpe en la cabeza. La policía local efectúa una batida y detiene a un hombre de color que, en la estación, aguarda la llegada del tren. Pero este hombre es en realidad un policía especializado en homicidios. Contra su voluntad, el policía foráneo debe ayudar en la investigación a quienes le han detenido. Pronto se verá involucrado en las intrigas de los poderes fácticos del pueblo y del propio ayuntamiento, dentro del marcado carácter racista de la zona.

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La película obtuvo cinco oscars, además de múltiples premios. Sidney Poitier lleva a cabo una relevante actuación como policía que hace de diana de los prejuicios raciales del sur de los EEUU, en aquella época. Sin embargo, el papel estelar se lo lleva, para mi gusto, Rod Steiger, en la interpretación de un limitado jefe de policía de pueblo, que ha de lidiar con todas las facciones.

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Un film digno de ver, aun después de los años transcurridos.

En lectura: Un tío con un bolsa en la cabeza.

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Así se inicia esta novela que ahora empiezo a leer: con un tío maniatado, echado en el sofá y con una bolsa de plástico en la cabeza. El hombre está privado de librarse de ella y, mientras nota que empieza a asfixiarse, rememora lo que ha sido su vida.

Una novela que promete.

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Alexis Ravelo es autor de catorce novelas y de varios relatos. Ha ganado el Premio Hammett (2013) y el premio Tormo de Las Casas Ahorcadas por La estrategia del pequinés.

The night of the hunter

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David Grubb fue un novelista y escritor de relatos estadounidense. En 1953 publicó The night of the hunter, la primera de sus novelas. Charles Laughton la tomó en 1955 y dirigió el film homónimo, interpretado por Robert Mitchum, Shelley Winters, Billy Chapin y Sally Jane Bruce, entre otros. La fotografía corrió a cargo de Stanley Cortez.

La acción se desarrolla en la etapa norteamericana de la Gran Depresión. Un presunto predicador mantiene una segunda identidad: es un psicópata que roba y asesina a mujeres mientras recorre los parajes de Norteamérica, manipulando a la gente. En una estancia en la cárcel -por robar un coche- comparte celda con un reo que será ahorcado por haber matado a dos personas en un robo, en el que se llevó diez mil dólares de los que nunca se ha vuelto a saber. El predicador ha tratado en vano de que el ajusticiado le diga dónde escondió el dinero, y al ser puesto en libertad viaja hasta la casa donde viven la viuda y los dos hijos del condenado. Una vez allí, embauca y se hace con el reconocimiento de todo el pueblo, y logra casarse con la esposa de su compañero de celda. Los niños saben dónde está escondido el botín, pero no lo dicen.

He dividido el film en tres partes diferenciadas: el planteamiento, que engloba lo expuesto en las anteriores líneas y que culmina con el asesinato de la esposa. Una segunda, con la persecución de los críos, que logran huir hasta ser acogidos por una mujer que reparte caridad entre niños sin padres. La tercera, con la captura del criminal y las últimas escenas.

La fuerza de la película es tremenda, fruto de la gran interpretación de Mitchum y de la fotografía en blanco y negro. Es capaz de mantener en constante tensión al espectador en escenas como aquella donde el pescador descubre a la protagonista al fondo del río, muerta en su coche; o en la secuencia del sótano; o cuando los niños huyen en barca de las mismísimas manos del predicador; o con la imagen de éste a caballo, siguiendo a los críos, entre otras muchas. Lástima del tono almibarado en el viaje río abajo, con las bellas pero -a mi juicio- superfluas escenas de fauna. O el discurso final de la mujer que protege a los críos.

La noche del cazador fue la primera y última película de Laughton como director, dadas las críticas adversas que obtuvo en su momento. Una lástima, ya que el film es tremendamente digno de ver.

Laura

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Vera Caspary fue novelista, dramaturga y guionista de Hollywood. Entre sus novelas destaca Laura, publicada en 1943 y llevada al teatro en 1947. Otto Preminguer dirigió la película homónima, estrenada en 1944. Fue protagonizada por Gene Tiemey, Dana Andrews, Vincent Price y Clifton Webb.

Laura ha sido asesinada en su casa por alguien que llamó a la puerta y le disparó a bocajarro en la cara, con una escopeta. La policía interviene y establece quienes son los principales sospechosos: un escritor amigo de la chica, un galán con quien se iba a casar, y una mujer que desea emparejarse con este último. Un teniente de homicidios se involucra al máximo en la investigación.

La película tiene dos partes bien definidas. En la primera se describe quién era la chica y cuál fue su relación con cada uno de los sospechosos. El espectador va haciendo cábalas acerca de quién pudo ser el asesino. Pero a la mitad del film, la mujer que todos creían muerta aparece sana y salva. La muerta es otra: una chica también enamorada del mismo hombre que Laura. La historia da un vuelco, y la propia Laura pasa a ser sospechosa. El policía se enamora de ella -dando un toque romántico al thriller- y no será hasta el final que se descubrirá quién es el asesino y el modo en que actuó.

Laura es una película del tipo novela-enigma, de factura sencilla y fácil de llevar al teatro, años después. La fografía en blanco y negro le otorga una gran belleza, y mantiene en un barrunto constante a cuantos -como yo- tratan de averiguar, fotograma a fotograma, quién fue el criminal.

Muy digna de ver.

Puro vicio

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Thomas Pynchon es un escritor norteamericano, autor de ocho novelas entre 1963 y 2013, todas escritas con una narrativa compleja. En 2009 publicó Inherent vice (traducida al español con el título de Vicio propio). Paul Tomas Anderson es el autor del guion y el director de la adaptación cinematográfica, titulada también Inherent vice y estrenada en 2014. En español se presentó como Puro vicio o Vicio propio. Está protagonizada en sus papeles principales por Joaquín Phoenix y Josh Brolin. Cuenta con las interpretaciones de Benicio del Toro, Owen Wilson, Hong Chau y Katherine Waterston, entre otros.

Se inician los años setenta, en las playas de Los Ángeles. Un particular detective privado -mezcla de hippie y consumidor compulsivo de marihuana, amén de otras drogas-, que tiene afincado su bufete de investigador en un consultorio médico, es requerido por una exnovia. Ésta le cuenta que su actual pareja -un hombre casado, adinerado- está a punto de ser ingresado en un siquiátrico por las maquinaciones de la esposa de éste. Al poco desaparecen la exnovia y el hombre adinerado, sin dejar rastro.

Otros dos clientes reclaman sus servicios. Una busca a su esposo, un músico que también ha desaparecido. Otro quiere encontrar a un neonazi que le debe dinero, y que casualmente es un guardaespaldas del amante de la exnovia del detective, ahora en paradero desconocido. El neonazi aparece muerto y entra en escena un policía fascistoide y fracasado, con quien nuestro protagonista deberá batallar. La trama se complica cuando entra en escena un misterioso barco y una empresa que pudiera dedicarse a la evasión de capitales.

Puro vicio es un neonoir enrevesado y atrayente. También vemos en ella uno de los mejores papeles -para mi gusto- del polifacético actor que es Phoenix, que aquí da vida a un perenne hippi drogadicto.

Un filme muy digno de ver; pero con dedicación, para no perderse en la trama.

Prensa

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Vivo en una población mediana tirando a pequeña en la que hace diez años había hasta cuatro quioscos. Hoy solo vende prense el estanco, que ha ampliado su negocio a una variedad de productos diferentes al tabaco: negocio al parecer también en declive. El pasado domingo pregunto a la persona que lo lleva si la venta de diarios se ha incrementado con la pandemia, o si ha disminuido. Me dice que la pila de periódicos ya nunca llegará a ser la de tiempos atrás, pero que los fines de semana vende algo más que hace un año. Dice que, en vista de las limitaciones en la movilidad, deben haber aumentado los que pasan la mañana del sábado y del domingo girando las páginas del periódico, hasta que llega la hora del aperitivo y la comida caseros. También augura que, ahora que los diarios digitales empiezan a cobrar por leer, es probable que más de uno y de dos vuelvan a frecuentar su negocio.

No sé si el dato –y el razonamiento subsiguiente que me hace este hombre- será extrapolable a otros lugares: apenas encuentro datos fiables con los que contrastar sus palabras. Yo soy de los que ojean a diario los titulares de la prensa digital –en las ediciones de los periódicos clásicos- y la compro impresa el fin de semana. Desgloso el diario en secciones, deshecho la de deportes y leo los titulares y algunos artículos. Me gusta sentir el papel entre las manos y la tinta que te tizna los dedos a medida que pasas páginas. Después reservo las partes que más me agradan y entre semana me recreo con los artículos de opinión: los fundamentales de la prensa, al menos para mí.

Más de una vez recuerdo la careta de una serie televisiva del siglo pasado –Lou Grant creo que se llamaba- donde se veía el recorrido de un diario desde la redacción hasta la impresión, el transporte y distribución, la venta y la lectura. Concluía la presentación con una señora mayor que ojeaba las páginas de su publicación favorita. Al final recortaba una hoja a la medida de la superficie del piso de la jaula de su pajarito, y sustituía la ya enguarrada por el animalito.

No soy amigo de pájaros enjaulados, así que no sé qué se pone ahora en el fondo de las jaulas. Tendré que fijarme, si tengo ocasión.