He decidido que, si nada lo impide, voy a encontrarme con mis amistades más próximas antes de que culminen estas fiestas, no vaya a ser que surjan complicaciones y no podamos vernos durante algún tiempo. Empiezo por Lisardo. Vive en un quinto piso al que siempre he subido a pie, por aquello de aprovechar todas las oportunidades que se me presentan de hacer deporte; pero hoy cierta dolencia incipiente me aconseja tomar el ascensor.

Me abre la puerta y cuando paso al saloncito se disculpa por el desorden que reina en la casa. Ya he dicho otras veces que Lisardo sirvió en la marina antes de anclarse a los fogones de un restaurante en tierra firme, y que por lo reducido de los camarotes siempre fue -y es- persona ordenada. Su disculpa, por tanto, carece de fundamento, como compruebo con una simple ojeada. A un lado de la sala ha plantado el pino de siempre y lo ha recubierto profusamente con cintas navideñas y bolas, como es su costumbre. Pero echo a faltar las luces de colorines con las que siempre lo completa, y se lo digo.

-Este año no las he puesto -me explica-. Ni aquí ni en el balcón. ¿No te has percatado al llegar?

No lo he hecho, por más que la ristra de luces que cada año enrollaba en el pasamanos de su barandilla era kilométrica.

-¿No te parece que son muchos los que están prescindido de ellas esta Navidad?

Debe ser como dice mi amigo, porque hasta yo -que no soy propicio a tales galas- he notado que este año las calles lucen más oscuras que en otros precedentes.

-Quizás la gente se ha vuelto más pesimista, con ese bicho que juega con nosotros al gato y al ratón estación tras estación -me brinda la explicación con la que viene conjeturando-. O tal vez sea por protestar ante esos mangantes que nos exprimen en el recibo de la luz. No lo sé de cierto, pero sea cual sea la razón, he decidido sumarme a ellos.

-Aclárame una cuestión: ¿tú lo haces porque te sientes deprimido, o por no gastar? -le pregunto.

Sus ojos se entrecierran y adquieren ese brillo gélido que usa cuando internamente me cataloga en el grupo de los simios más rematadamente torpes que pueda haber en la creación (con perdón de los pobres simios, en general).

-Lo hago porque me sale de las narices -me responde, absteniéndose excepcionalmente de usar soeces vocablos de mayor calibre-. Y porque, sea cual sea el motivo de los demás, esta vez voy a solidarizarme con ellos.

-¿Sin conocer su motivo real?

-Sin conocerlo. ¿Pasa algo?

Se que la expresión de desafío que me dedica se diluirá rápidamente de su faz y que enseguida me convidará a una cerveza bien fría, pero no puedo dejar de preguntarme qué fue lo que vi en este tipo irascible para tenerlo como amigo. Tal vez sea porque en la vida cada cual da con lo que se merece, y a mi me ha caído en gracia Lisardo.