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Esta mañana me ha parado por la calle un amigo para anunciarme, con toda solemnidad, que ha leído No merecemos nada mejor. Les juro que solo por ello ya me ha alegrado todo el día. Después me comenta lo actual de la trama -con tanto corrupto como ronda por el mundo-, y de los personajes que protagonizan la historia.

Me dice que le encanta Mateo Navas, mi inspector de policía de cabecera en esta novela y en otra anterior (El efecto dominó), así como en algún que otro relato. Por un momento siento algo parecido a aquel orgullo que te embarga cuando te dicen que hay que ver, chico, lo guapos o lo listos -o lo guapos y los listos- que son tus hijos.

Mientras babeo de emoción le anuncio que Mateo es el protagonista de otra futura entrega que ya corre por mi ordenador, y le avanzo -en confidencia- que este personaje siempre es el mismo de nombre, pero no necesariamente es calcado al de una entrega u otra.

-Tampoco la gente es idéntica durante toda su biografía -me señala él, con acierto.

Luego me habla de cuánto le han encantado esos dos personajes tangenciales que son Michiels y Román (mercenario y detective, respectivamente), sin los cuales la historia sería otra; o de los amigos chilenos del personaje que motiva el viaje de Navas. El también ha viajado a Santiago y a Valparaíso y ha reverdecido sus estancias por esas latitudes.

Y finalmente llegamos a Luis Comas y a su novia. No me haré un spoiler en propia meta, lógicamente; pero, como también me dijo otro amigo y lector, resulta sorprendente el giro que da la trama en sus últimas páginas.

Ahí lo dejo. Si tienen ganas de saber más, pueden ir aquí.