Hay libros que se leen por compromiso. Alguien te regaló el volumen y sabes que un día u otro te preguntará qué te ha parecido, y sientes que sería descortés no haberlo hecho o decirle que solo llegaste a la mitad -o a menos- antes de relegarlo al olvido en algún estante de por casa. También es posible que te hayas comprometido con algún amigo a una tertulia entre dos sobre tal o cual título o autor, o que estés vinculado a un club de lectura y no quieras caer en falta. Puede, incluso, que leas profesionalmente, como los editores o los correctores. Lecturas, como decía al principio, por compromiso.

Otros libros los lees por una poderosa curiosidad por saber cómo escribe ese autor tan renombrado; o porque –bendito sea el caso- no puedes levantar la vista de las paginas hasta que no sepas si aquella pareja fue feliz, o si consiguieron huir a tiempo, o si lograron desenmascarar al asesino. Son los libros y los autores que te atrapan por su trama.

En otro estadio se encuentran las obras que te atrapan por el modo en que están escritas. Llega un momento en que la trama pasa a un segundo plano y lees por seguir sumergido entre sus renglones placenteros, página tras página. Te deleitan las frases, los vocablos; o te llama poderosamente el modo novedoso en que se explica la historia, se narran los escenarios o se construyen los diálogos; da igual que el cuento acabe así o asá. Estos son los libros que conforman la literatura.

De todos ellos, estos terceros son mis favoritos. Incluso en novela negra.