Dicen que cuando alguien te pide disculpas por anticipado, es que va a clavártela con premeditación. No me va lo soez en lo literario, salvo que sea necesario para dar vida al texto. O lo que es lo mismo: seré soez sí o sí, si me conviene. Así que me armo con esta licencia y recurro a una frase muy fascista y muy del siglo pasado, que decía que “salvo mi madre, mi hermana y mi novia, todas golfas”. Vayan por delante mis disculpas, enseguida les digo a qué se debe este atropello al escribir.

Todo viene a que esta mañana oigo a un señor -más o menos de mi edad; es decir, tirando a viejo- mientras departe con un conocido. Es de hechuras toscas y modos francos, y salta de un tema a otro. En un momento dado se jacta de ser el amo de una cuadrilla de empleados a los que muy a menudo remunera en negro. Después -ya he dicho que iba de salto en salto, en una larga conversación que involuntariamente sigo- su discurso prosigue por otros derroteros, y sin que yo sepa a santo de qué, saca a colación a sus nietas. Me entero de que son buenas estudiantes y más espabiladas que sus hermanos y primos. A una, que está en los dieciséis, este fin de semana le ha hecho de taxista, llevándola a cierta fiesta junto a otro par de amigas.

-A cada cual más corta –ha comentado a su contertulio, y me he preparado para oír el consabido soniquete machista.

Pero no. Ha dicho el hombre que claro, que la chica está en la edad, y que con las necesidades de las jóvenes de hoy no hay que manejar diferente rasero que con las de los muchachos de su edad. Yo, que he sido padre de adolescentes, coincido con él, y me congratula su modernidad y tolerancia. Este hombre ha desterrado aquel planteamiento machista que nombré al iniciar estas letras. Progresamos, pienso.

Pero de pronto me asalta una duda: si la muchacha en cuestión no fuera su nieta, ¿sería tan meridianamente tolerante?

-No seas mal pensado -me recrimino.

Pero entonces recuerdo a esos empleados que él remunera en negro, y me pregunto si alguno de ellos será mujer. Y -puede que injustificadamente, no lo niego- la modernidad de este hombre se me viene al suelo.