Sé sobradamente que la primavera empieza el veintiuno o veintidós de marzo, según el año. Pero donde yo vivo, no la siento plenamente hasta un mes después. No es una cuestión de climatología, sino de talante.

Es cierto que en cuanto asoma el sol con un poco de intensidad -sea otoño o invierno- la gente se echa a gozar de la calle. Pero el pistoletazo de salida no se da hasta el veintitrés de abril, cuando estalla la alegría primaveral colectiva en el día de Sant Jordi.

Da igual que la celebración caiga en día festivo o no. Las calles se llenan de gente que visita las floristerías y las paradas de libros; que pasea en pareja -cogidos de la mano- o que sale en familia a redescubrir la ciudad tras el invierno. Hasta la cerveza que te tomas en una terraza te sabe distinta.

Este año no hemos gozado como antes de lo del bicho -por necesidad lógica-, pero he notado un estallido de euforia contenida. Euforia por haber mejorado respecto al año anterior, que no hubo nada de nada. Pero contenida, porque ya veremos en qué vendrá a parar todo esto. Libreros y floristas parecen contentos, de momento.

A ver si ya llegamos al final de esta situación y el año que viene se ha normalizado la vida. No pido un Sant Jordi mejor: sólo uno normalito.