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Vivo en una población mediana tirando a pequeña en la que hace diez años había hasta cuatro quioscos. Hoy solo vende prense el estanco, que ha ampliado su negocio a una variedad de productos diferentes al tabaco: negocio al parecer también en declive. El pasado domingo pregunto a la persona que lo lleva si la venta de diarios se ha incrementado con la pandemia, o si ha disminuido. Me dice que la pila de periódicos ya nunca llegará a ser la de tiempos atrás, pero que los fines de semana vende algo más que hace un año. Dice que, en vista de las limitaciones en la movilidad, deben haber aumentado los que pasan la mañana del sábado y del domingo girando las páginas del periódico, hasta que llega la hora del aperitivo y la comida caseros. También augura que, ahora que los diarios digitales empiezan a cobrar por leer, es probable que más de uno y de dos vuelvan a frecuentar su negocio.

No sé si el dato –y el razonamiento subsiguiente que me hace este hombre- será extrapolable a otros lugares: apenas encuentro datos fiables con los que contrastar sus palabras. Yo soy de los que ojean a diario los titulares de la prensa digital –en las ediciones de los periódicos clásicos- y la compro impresa el fin de semana. Desgloso el diario en secciones, deshecho la de deportes y leo los titulares y algunos artículos. Me gusta sentir el papel entre las manos y la tinta que te tizna los dedos a medida que pasas páginas. Después reservo las partes que más me agradan y entre semana me recreo con los artículos de opinión: los fundamentales de la prensa, al menos para mí.

Más de una vez recuerdo la careta de una serie televisiva del siglo pasado –Lou Grant creo que se llamaba- donde se veía el recorrido de un diario desde la redacción hasta la impresión, el transporte y distribución, la venta y la lectura. Concluía la presentación con una señora mayor que ojeaba las páginas de su publicación favorita. Al final recortaba una hoja a la medida de la superficie del piso de la jaula de su pajarito, y sustituía la ya enguarrada por el animalito.

No soy amigo de pájaros enjaulados, así que no sé qué se pone ahora en el fondo de las jaulas. Tendré que fijarme, si tengo ocasión.