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Recuerdo haber oído que cuando fue asesinado -en los años setenta- el penúltimo presidente del gobierno del gran dictador español, éste pronunció la frase conformista que sirve de título a mi entrada. Él sabría por qué lo decía, y otros lo intuimos. Tampoco me interesa entrar en el detalle. Pero la expresión me sirve para la reflexión que quiero hacer.

Las circunstancias anómalas y extremas del pasado año -que ya se extienden al presente- nos han llevado a muchos a profundizar en técnicas que ya conocíamos o de las que solo habíamos oído habar. Yo usaba las redes sociales, pero nunca como en los últimos nueve meses.

Jamás me comuniqué tanto por el whatsapp y el telegram, medios dúctiles e inmediatos para sustituir -forzosamente- a aquellos encuentros donde nos contábamos cómo estábamos y cómo nos iba. Sabía de las videoconferencias, pero nunca había comentado una novela ni me había tomado una cerveza a varias bandas a través de ellas. Ni habían sido el medio para hacernos compañía ni para despedir el día con la gente que quiero. Esta situación me ha servido para familiarizarme con estas técnicas, pienso mientras veo un festival de novela desde el sofá de mi casa, a través de YouTube.

Dicho sea de paso: nunca compré tanto libro electrónico; ni sabía que las bibliotecas municipales prestan libros virtuales (ojo al parche, para los consumidores de piratería).

Valoro, en una reflexión interna, cuánto he aprendido durante estos pasados meses aciagos, y por un momento casi se me viene a los labios la frase que ilustra el post. Pero no pienso reproducirla. Me la guardaré. Por que el precio pagado está siendo excesivamente algo.