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Leo en la prensa que está en marcha un sistema que será “una de las soluciones que ha de ayudar a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero“, y pienso: ¡Mira qué bien, ya era hora! Leo ávido y me entero de que, en síntesis, se trata de recoger el CO2 -que normalmente iría a parar a la atmósfera- y confinarlo indefinidamente en pozos petrolíferos agotados, y por tanto vacíos. Las empresas petrolíferas serán las que gestionarán el sistema, patrocinado por un país del norte de Europa.

Me voy al diccionario a mirar dos palabras: reducir y almacenar.

Reducir, según la RAE: disminuir o aminorar.

Almacenar: poner o guardar en almacén.

Busco almacén. Es un local que forma parte de la actividad del comercio; es decir, que lo que se guarda en él tiene entrada y salida. Por contra, un lugar donde algo entra y ya nunca más sale es una tumba, por poner un ejemplo. Salvo que un corrimiento haga afluir su contenido, cosa también posible.

Vuelvo a la noticia. La leo y la releo y no se dice que este CO2 estancado se pueda reciclar de algún modo, dándole una utilidad realmente sostenible. ¿Podrá consumirse como fuente energética -o de algún otro modo- en el futuro? No consta en la noticia, lo cual la empobrece. Visto tal cual aparece, da la impresión de que la función del montaje sea embotellar sine die este gas nefasto para seguir produciéndolo a destajo, delegando la solución en las generaciones futuras. Algo parecido a enterrar barriles de uranio radioactivo; o a barrer y dejar el polvo bajo la alfombra.

Lastima, porque la noticia prometía..