Mi octogenario amigo Alejandro recuerda uno de sus viajes y me da cuatro pinceladas por teléfono, medio que nos mantiene al uno al corriente del otro en tanto el panorama vírico no acaba de aclararse.

-Estuve de visita por las casas del poeta Neruda –me dice, y enseguida precisa que sólo llegó a entrar en dos de ellas: la de Isla Negra y la de Santiago-. Me hinché a subir y bajar calles, Valparaíso arriba, Valparaíso abajo. Pero, torpe de mí, no fui capaz de dar con la tercera. Es como si te dijera que estuve en Madrid y no pude encontrar el Prado. Pero créeme, así sucedió, y a mis años ya no me veo repitiendo el intento. Ya no sería capaz de estarme otras trece horas en la cabina de un avión, hecho un cuatro .

En esto de hacer planes de futuro, reflexiono que a los veinte años prevés que tienes al menos tres cuartos de la vida por delante, y que puedes posponerlo todo. A los cuarenta te dices que debe restarte el cincuenta por ciento de la existencia útil; o más, si descuentas del porcentaje los diez o doce primeros años de la existencia. A los sesenta empieza el pánico. Y de ahí en adelante ya no te atreves a echar cuentas: ni para ti ni para nadie.

-Don Pablo articulaba sus casas de una forma curiosa –continúa mi amigo, y yo olvido mis cálculos inútiles-. Él separaba claramente tres espacios: el de la vida familiar, el de reunirse con la gente y el del trabajo.

En Isla negra –me dice- tenía un escritorio desde el que solo tenía que levantar la cabeza para contemplar, a través de un ventanuco, el Pacífico que se estrella sobre las rocas de delante de la casa. Allí trabajaba en su poesía, y quizás también en su profesión: la de diplomático.

-La vista era bella, en parte porque apenas enmarcaba la inmensidad del oleaje del mar y poco más, sin casi interferencias externas ni sombras en los rebordes –me explica-. Tal como a mí me gustaría verlo todo: justo lo auténtico, siempre lo bello; y nada más.

Creo que, ni aún con otros ochenta años más de vida, lograría mi amigo alcanzar su anhelo. Y me pesa.