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Enciendo la radio. Hablan de recuerdos de infancia en el colegio y cada uno relata el suyo. Derivan hacia qué maestro o maestra les marcó como personas, y yo pienso en el mío. Debo reconocer que hubo un enseñante que, a fuerza horas y horas, contribuyó a que uno sea –en parte- como es; pero no hablaré hoy de este buen maestro, sino de otro.

El mío era un colegio público (entonces colegio nacional) y a aquel maestro le quedaba poco para jubilarse. Era el primer curso en el que nos juntaban a niños y niñas, y fue cuando me sentí atraído por la primera chica. El año anterior había sido lo de Carrero y al siguiente moriría Franco, y yo entraría en la fase de mis tres últimos cursos de EGB, netamente distintos. Pero este año tenía por última vez un solo profesor desde la mañana hasta el final de la tarde -si excluyo al de educación física y al páter que nos daba religión.

El hombre era falangista, machista y cerrado de criterio. A diferencia de otros, que usaban una regla para mantener la distancia y evitar el contacto físico, éste te daba un cachete -en la cara- cuando estimaba conveniente hacer uso del castigo corporal. Pero también nos hacía cantar y nos contaba historias edificantes. ¿Cuáles historias y cuáles canciones? Ya pueden imaginárselas, si les he dicho que era franquista trasnochado. Recuerdo que un alto porcentaje de mis compañeras tuvieron ese año la idea –afortunadamente pasajera- de hacerse monjas el día de mañana.

¿Nos divertimos entonces? Sin duda.

¿Fue un hombre entrañable? En absoluto.

¿Qué aprendí de él?

Viendo aquel año en perspectiva, me doy cuenta de lo fácil que es manipular a la gente cuando está en edades vulnerables. Y aún diré algo más, para acabar: tal vez sea una reminiscencia de aquel hombre –en la que no había pensado hasta esta mañana- que cada vez que uno de mis personajes de novela quiere humillar a otro, le golpea con la mano bien abierta, en la cara. Para que suene.