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En el segundo capítulo de Parfum se habla del descubrimiento de diversos cadáveres enterrados en una zona pantanosa, que se han conservado casi intactos después de años. La descripción que se hace del fenómeno es, extractada, la misma que publico en El efecto domino, en el capítulo 5. Pocas veces había hallado reflejado este fenómeno en la novela o en el cine.

–5–

–El cadáver ha sufrido un proceso de conservación poco frecuente, técnicamente conocido como adipocira –el forense sospechó que el policía desconocía el término–. También se le denomina saponificación.

Un equipo especializado se había hecho cargo de la investigación, pero Navas telefoneó al forense y éste se mostró complacido en atenderle a la mañana siguiente a la partida de Gómez. Contemplando el cuerpo tendido en la bandeja del compartimento inferior del refrigerador, se acordó de aquellas tallas que semejaban de marfil amarillento, a las que los devotos sacaban en procesión en semana santa. 

–Suena como a hacer jabón –aventuró el inspector.

–Básicamente es eso. El jabón se elabora cociendo lípidos, es decir, grasas, que se mezclan con sosa mientras se van removiendo el mejunje hasta que toma consistencia y acaba por solidificarse. Con los cadáveres puede darse ese resultado final, siempre que se den determinados elementos: la existencia de humedad, por un lado, y un obstáculo a la entrada del aire, por otro.

–¿Algo así como la formación de las momias?

–Todo lo contrario. La momificación es propia de climas secos, donde los tejidos y los órganos se han deshidratado. La piel aparece apergaminada y el cuerpo se presenta encogido y con aspecto correoso: como la mojama, para que nos entendamos. Pero este otro proceso –el forense señaló los restos– es diferente. ¿Cómo se origina? He de confesarle que hasta ayer mis conocimientos eran eminentemente teóricos. He tenido que hacer algunas llamadas y documentarme.

Señaló un buen número de libros apilados sobre la mesa del despacho donde redactaba sus informes, separado de la sala de autopsias por un cristal.

–La adipocira afecta a ciertos órganos de todos los humanos, al fallecer. Las grasas se rompen en glicerina y ácidos grasos, y estos últimos se combinan con el amoniaco. Se forma una especie de unto que, en condiciones no favorables a la corrupción, invade el músculo. Es más frecuente en individuos enterrados en terrenos arcillosos, y también se ha descrito en fosas comunes. Al principio se forma una capa blanda, como queso tierno, que con el tiempo se endurece con la consistencia de la cera e incluso puede fosilizarse. Hasta huele como el queso rancio.

El doctor estaba en su salsa, apreció Navas viéndolo acuclillado junto al cajón funerario.

–En este caso, la saponificación no está presente en todo el cuerpo –indicó–. Observe que el interior del cadáver se ha podrido casi por completo, y también han desaparecido algunas zonas externas. Pero se conservan la cara, el cuello, el abdomen, buena parte de la espalda, los glúteos y la casi totalidad de las extremidades.

El forense señaló a continuación una gruesa hendidura que recorría el cuello.

–Un aspecto interesante para el examen médico legal es que permanecen vestigios que habrían desaparecido con la putrefacción. Esta marca ve aquí –señaló con el índice enguantado– es síntoma de que a este hombre le constriñeron el pescuezo con una cuerda más bien gruesa. El surco es más alto en la nuca que en la parte delantera del cuello, por lo que me decanto por el ahorcamiento. Vea también que le faltan los dedos índice y meñique de la mano derecha, creo que por una amputación muy anterior a la muerte, ya que la carne aparece redondeada en los extremos.

Estos cadáveres acaban por destruirse, claro está –prosiguió el médico–. Es más, empiezan a desmigajarse como el queso reseco en cuanto les da el aire. El nuestro presenta entre los omóplatos tres contusiones inciso-contusas, al parecer no muy profundas. No le doy la vuelta porque el cuerpo se nos haría pedazos y luego es un engorro recogerlo.

 Navas temió por un instante que el médico le demostrara de forma práctica el fenómeno, pero en lugar de ello cerró el cajón y le invitó a pasar al despacho.

–¿Se puede estimar la cronología de la muerte en estas condiciones?

–Me temo que no hay tablas exactas de datación –declaró el médico–. Se ha documentado que el cuerpo de George Washington estaba totalmente saponificado, cuarenta años después de su muerte, y que era reconocible cuando fue exhumado. Existen experiencias que indican que a medida que la adipocira avanza, van desapareciendo fibras, tendones y ligamentos, y que la grasa que en un principio tiene coloración, al cabo de los años va tornándose blanca. Note que el nuestro parece albino. Espere, le enseñaré unas fotos.

–No se moleste, le creo –repuso el inspector.

Pero el forense no iba a dejar pasar la ocasión de lucirse e hizo una selección de los papeles escampados sobre la mesa, entre los que había varias polaroids hechas por él mismo y un buen fajo de fotocopias.

–Vea, este crio murió al nacer y fue desenterrado a los siete meses –Navas dirigió una mínima ojeada a la imagen que el forense le ponía delante–. Como puede apreciar, está totalmente entero. Y mire estas otras. Al acondicionar un terreno en Polonia, apareció una fosa común: cosas de la Guerra Mundial, la Segunda –especificó.

El forense mostraba la fotocopia de una instantánea tomada sobre una zanja. Unos campesinos, sombrero en mano, observaban piadosos el interior, donde se amontonaban los restos humanos. Pasó a la siguiente foto de la misma serie. A ambos lados de la fosa aparecían alineados la mayoría de despojos putrefactos, de los que solo restaban huesos y jirones de ropa. Los campesinos habían desaparecido de la imagen. En una tercera copia se apreciaba un detalle del fondo del agujero, ya casi vacío.

–Observe. En esta última, los pocos cadáveres que aún quedan se presentan bastante enteros, mientras que estos otros –el forense volvió a la segunda toma– están totalmente descompuestos. Ello se debe a que los de más arriba taponaron la entrada del aire, y la humedad de la tumba hizo el resto. Cuando se abrió la fosa habían transcurrido más de veinte años desde el enterramiento.

Depositó las fotografías sobre la mesa, dando por finalizada la breve charla instructiva con la que esperaba haber deleitado al policía.   –En definitiva, y a falta de otras pruebas –concluyó–, el individuo que ahora tenemos tomando el fresco en la nevera es un varón de complexión fuerte, altura de entre un metro sesenta y un metro sesenta y cinco, de unos veinte o veinticinco años de edad. Al que habrían atacado por la espalda con un cuchillo grande, un machete o tal vez un hacha, probablemente sin causarle la muerte, para rematarlo ahorcándolo con una soga. Todo esto podría haber ocurrido hará entre cuarenta o cincuenta años, lo que también deduzco por el aspecto del ropaje.