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Hace días que no sé de mis amigos. Les telefoneo para quedar esta mañana y así echar una parrafada, que bien me vendrá para refrescar la mente.

El octogenario Alejandro se excusa y me dice que ha decidido autoconfinarse de nuevo. Se ha provisto de papel de váter, de comida, de bebida y de libros. Esta pandemia tendrá un efecto último –me dice, convencido-: achatar la pirámide de población a base de liquidar la cúspide. En China primero fue lo del hijo único -prosigue-, y ahora esto. Pero yo no voy a ponérselo fácil a la parca -me asegura.

Pienso que exagera un tanto, pero no se lo discuto.

Mi amiga Teresa, experta en finanzas, me dice que está atareadísima. ¿No haces vacaciones?, le pregunto, y me contesta que siente no poder atenderme, pero que anda ocupada dándole a la cabeza acerca de una interrogación existencial; a saber: ¿tan mal anda el sistema bancario del país que ni los que cobran del Estado dejan sus ahorrillos aquí? Me dice que está valorando cuál será el mejor momento para trasladar su plan de pensiones aunque sea a Andorra, país que le pilla a un tiro de piedra.

También la dejo, no quiero que me hinche aún más las neuronas.

Por fin llamo a Lisardo. Como está jubilado, preveo que no me dará largas. Pero lo noto decaído: primero se fue al agua el sobresueldo que cobraba, como cocinero, y que le animó precisamente a jubilarse, como ya les conté una vez. Pero ahora que ya podría reengancharse a los fogones -en negro, por supuesto- le entran las aprensiones sanitarias.

Le digo que se deje de historias y le prometo no quitarme la mascarilla ni para beber, y le emplazo en media hora delante de su casa, donde haremos unas cervezas. Me dice que no. Alternativamente me propone que suba a su piso y que preparará unos botellines en su balcón; que con su compañera está en uno de esos interludios relacionales que a menudo se dan, y que no he de temer si guardamos la suficiente distancia.

Toda y nuestra excelente relación, nunca he estado en el piso de Lisardo: jamás. Y tampoco él ha estado en mi casa. Se me hace tan extraña la situación que declino su oferta.

-Ya nos veremos cuando esto amaine –le digo, y me vengo a mi terracita y me preparo un vermutito -aunque sea en blanco y negro- y me pongo a teclear; y pido fervorosamente que pronto lleguen tiempos mejores, en todo.