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Que la inspiración ha de alcanzarte trabajando es cosa archisabida. Leo en una novela de Camila Lakberg que el allegado de uno de sus personajes -una escritora de novelas, a su vez- hecha en cara a ésta, medio en broma medio en serio, que le baste sentarse y esperar a que se le ocurran cosas, mientras él ha de trabajar.

Desarrollar una historia requiere de horas y horas enganchado en solitario a la herramienta de escritura, y se hace por convicción y vocación. Pero queda por discernir cómo viene la inspiración: la chispa que hace de embrión creativo. A mí nunca me acontece de igual forma, así que explicaré un caso.

Cierta tarde, en el preludio de una reunión a la que asistíamos al menos una docena de persona, una de ellas dijo -fuera de temática, mientras tomábamos asiento y comentábamos trivialidades- que le molestaban mucho los taxistas parlanchines; que no era persona de entablar conversación con ellos y que enseguida se enfrascaba en sus cosas para evitar el diálogo.

Tiempo después, esa frase se convirtió en el inicio de un relato. El resto fue de mi total autoría, tras horas de elucubrar qué hacer con ese chispazo y de emborronar cuartillas en la pantalla del ordenador: un suicida toma un taxi con la idea de vengarse en la persona de un conductor verborreico que, a la hora de la verdad, no lo será.

Así nació Último viaje, que -si están interesados- pueden ver aquí.