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Hoy he vuelto a ojear la famosa película italiana de 1960, dirigida por Fellini y protagonizada por Mastroianni. Consta de una serie extensa de escenas consecutivas que compondrían diferentes capítulos de la acción, donde la imagen más conocida es la de Anita Ekberg dándose un sensual baño en la Fontana di Trevi.

¿Por qué traigo aquí La dolce vita, un film tan alejado del cine criminal? Hago una consideración previa: creo que lo negro no es exclusivo de las películas y novelas desarrolladas sobre un fondo delictivo. Para éstas existe el acertado término de negrocriminal, y pienso que lo negro también es objeto de otros géneros.

Dicho esto: a mí, el cuadro –o capítulo, o escena- que me cautiva de La dolce vita es el que viene poco después del baño de la actriz sueca, e inmediatamente a continuación del concierto de órgano; aquél donde el periodista se traslada a cubrir un reportaje acerca de unos niños que dicen haber visto la aparición de la Virgen María.

Llegado al lugar, se produce una horripilante mezcla de cuantos desean sacar un beneficio directo de la situación –los familiares de los niños visionarios- y los que explotan profesionalmente el hecho –la televisión y los diarios, con su coreografiado enfoque sensacionalista-. Entre ellos se mueven, como meras comparsas, los desesperados. Resulta desgarradora la imagen de la mujer arrodillada con su hijo en brazos, o la persona que muere en la confusión. ¿Cómo es posible que seáis así?, grita a los oportunistas otra de las protagonistas, desesperada. Vean la sórdida escena, no tiene desperdicio.

¿Qué ha propiciado lo expuesto hasta aquí?

Sin duda el momento que vivimos, y lo que nos queda por ver. Un momento en el que, pasado el primer episodio –y aún de forma coetánea con él-, hemos sido sumergidos en el más puro espectáculo de intereses sin caer en que hay gente –mucha- a la cual en todo esto le va la vida o, en el mejor de los casos, su futuro.

Mañana trataré de ver alguna película más amable.