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Con esto del repunte hacía días que no veía a mi amigo Alejandro, octogenario con quien comparto espacio en la biblioteca, además de profundas reflexiones. Ha llegado hoy embozado –o embocado, o embozalado- y apoyándose en un bastón. Nunca antes le había visto con tal artilugio; es más, lo considero un hombre extremadamente ágil para su edad.

-Es que hago yoga cada día en el comedor de mi casa –me ha dicho muchas veces.

No yoga del de entrar en trance, ha remarcado siempre, sino del de estirar el cuerpo. Y cuando lo dice dobla el espinazo y con la yema de los dedos alcanza el suelo sin encogerse por las rodillas, mucho mejor de lo que yo –que estoy unos cuantos años por debajo de los suyos- podría hacer.

-¿Para qué el bastón, entonces?

Es para combatir la desidia, responde, y le miro con cara de interrogación.

-Si te fijas, desde mi hombro a mi mano habrá unos sesenta y tantos centímetros; a los que, si les sumo la longitud total del bastón, dan casi metro y medio.

Empiezo a entender.

-Este metro y medio es la distancia mínima de mi seguridad –afirma-. Y, consecuentemente, la de cuantos circulan a mi alrededor.

Creo que conozco a Alejandro y no lo imagino capaz de ir abriéndose paso a bastonazos. Se lo digo.

-No te apuestes nada. Yo he cumplido quedándome en casa cuando ha tocado y cumplo poniéndome el bozal, pero empiezo a creer que los viejos sólo importamos a los gerentes de los geriátricos privados, por razones obvias; y que hay quien piensa que, muertos nosotros, solucionado el problema. Así que, visto lo visto hasta ahora, y como que no estoy en edad de ir jugándomela por la inconsciencia y la desidia de otros, pienso mantener mi distancia de seguridad al precio que sea.

No me va la violencia, ya lo saben, pero me salta una sonrisa a los labios imaginándomelo a mandoblazos con ese apósito que acaba de incorporarse. Por si acaso, retiro mi silla un tanto más allá de la suya.